En conjunto con el Coronavirus, el nuevo proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo se lleva todas las miradas en estos días en Argentina.

Recientemente, me sorprendí ingratamente al leer opiniones de gente que sigo, tanto en los ambientes académicos, empresariales y políticos.

Está claro que se respetan los pareceres de los demás, pero puedo visualizar y apreciar con todo detalle el exceso de las llamadas “respuestas autobiográficas”, es decir, el recurrir a mis propias experiencias o historias de vida para intentar ponerme en el lugar del otro. Es posible que tengan buenas intenciones, pero en estos casos tan delicados, hay que olvidarse de uno mismo y concentrar toda la energía en la verdadera y a la vez prodigiosa empatía de sentimiento.

La cuestión aquí no tiene mucho que ver con lo que piensa cada uno sino con como podemos hacer para erradicar una realidad dolorosa, clandestina y desoladora. Estoy a favor de la vida, pero no se trata de mí, ni de vos. Se trata de salud, libertad, respeto y de ponerse en el lugar de mujeres que indefectiblemente (sí o sí) se van a practicar un aborto y que a lo mejor, no tienen la capacidad de discernir las consecuencias de esto último por falta de educación, de cultura o de la presencia de realidades tan desgarradoras y desesperantes que ni siquiera tenemos la capacidad de imaginar.

No hace falta que estas mujeres por no compartir tu dogma, se mueran en lugares asquerosos e inseguros estigmatizadas como delincuentes. No lo merecemos como sociedad, si algún día, queremos salir del subdesarrollo propiciado por el populismo que nos gobernó en gran parte de nuestra historia.

El ejercicio va a estar en desaprender creencias que para estas realidades, ya no tienen sentido. Menos difamación, más apoyo, contención y acompañamiento, es el rol que nos va a tocar poner en práctica. Es el rol en el que me veo como hombre consciente y empático.